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La pintura en el arte abstracto. Parte 2: el Cubismo

5 octubre, 2017

Lo que los cubos mostraron

El cubismo, que nació en París a principios del siglo XX, presentó un concepto aún más revolucionario, casi drástico, de la representación material, que la música cromática de Kandinsky de la que hablábamos en la primera parte de este artículo.

Sacrificando la perspectiva

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Georges Braque, ‘La mandolina’, Óleo sobre lienzo, (1910)

Este nuevo estilo no pretendía dejar de lado las formas y la realidad, únicamente darle las vueltas suficientes para transformarla en algo nuevo. Pero aquellos que hacían uso de ese procedimiento no tardaron en darse cuenta de algo: mientras que desde los siglos XV y XVI la perspectiva se había vuelto increíblemente importante, ahora debían sacrificarla en aras de lograr la clase de estética abstracta que deseaban. Había que dejar atrás las luces y las sombras, los recovecos y los volúmenes, y pasar a la era de los colores luminosos en su máxima pureza.

A pesar de ese gran dilema, muchos interpretaron la falta total de dimensiones como un escape de las ataduras del claroscuro y el realismo, y comenzaron a añadirle simplificaciones aún mayores. De pronto se consideraba la opción de reducir el esquema de una imagen a unas pocas figuras geométricas, como bien recomendaba Cézanne en una de sus cartas a un joven pintor. Quizá lo que Cézanne pretendía al decir eso era que aquel aprendiz tuviera siempre en cuenta las formas básicas que componen el mundo que nos rodea, dado que eso le facilitaría mucho el trabajo.

Construyendo la realidad

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Pablo Picasso, ‘Mujer frente al espejo’, Óleo sobre lienzo, (1932)

Pero Pablo Picasso, quien leyó aquella carta alentado por su búsqueda de equilibrio entre sencillez y profundidad, sintió que un mundo nuevo le era revelado. Y tanto él como algunas de sus compañías tomaron el consejo de Cézanne de forma literal:

¿Por qué insistir en “copiar” la realidad, si lo que de verdad buscaban era construirla? El porqué de la existencia de las cosas no siempre es transparente para nosotros, el funcionamiento de los objetos o el origen de algunas escenas puede resultarnos un misterio. ¿No sería mejor que trataran de expresar aquella amalgama de preguntas y sensaciones, unidas a los aspectos que sí eran capaces de analizar de forma literal, con sus ojos físicos? Si lo hacían, posiblemente el resultado fuera un conjunto casi incoherente de piezas, partes de realidad y partes de reflexión pasadas al lienzo… pero todos estaban de acuerdo en que aquello se aproximaría más a la verdadera naturaleza de lo que pintaran, ya fuera un objeto, una persona o una escena.

Un planteamiento parecido a este es el que, posiblemente, llevó a Picasso a pintar cuadros como “Violín y uvas”, “Mujer frente al espejo” o “Los pájaros muertos”.

Entre la intimidad y lo popular

Pero los cubistas no tardaron en darse cuenta de algo: sus composiciones debían contener formas familiares, ya que el público debía poder relacionar entre sí las distintas piezas de perspectiva que se les ofrecía en un cuadro. Debían saber cómo era un pájaro para poder hilar la pintura de Picasso, y aquello llevó a los usuarios del cubismo a escoger por lo general temáticas familiares para todos (bodegones, instrumentos musicales, rostros humanos).

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Piet Mondrian, ‘Composición en rojo, amarillo y azul’, Óleo sobre lienzo, (1930)

En ese punto, los entendidos volvieron a poner el grito en el cielo. Considerándose insultados por el caos de formas y líneas, reivindicaban que no se podía pretender que creyeran que la realidad era así. Lo que no comprendían era que el cubismo buscaba justamente lo contrario: atraer a aquellos que ya sabían cómo era la realidad, e invitarles a un juego de percepción. Para los cubistas, la forma de lo que iban a representar era primordial, fuera la que fuera. Y la temática ocupaba un papel secundario en su lista de prioridades.

El mundo se vio agitado por el fenómeno del cubismo, y la aceptación creció exponencialmente. Cada vez más artistas, como Juan Gris, Fernand Léger o Albert Gleizes, se animaron a experimentar pintando sin una finalidad clara, sin una idea en la cabeza que pudiera limitar su flujo creativo.

Las características principales del arte abstracto tuvieron siempre su semilla en el expresionismo (tal y como explicábamos en la parte 1 de este artículo), siempre buscando una clase de cuadros que compitieran con la música en cuanto a lo que transmitían. Y después, la constante búsqueda de estructura del cubismo la acabó transformando en una construcción similar a la arquitectura. La visión trascendental, casi mística, de los cubistas para con sus obras y lo que representaban, lograron que el sinsentido que el público veía al principio se convirtiera en un viaje hacia el interior de nosotros mismos. En ver lo que el artista pretende sin lograrlo realmente, ya que ha mezclado realidad con sentimientos; y en descubrir el tipo de impresiones que nos llegan al observar algo que en apariencia no entendemos.

La segunda parte de este artículo sobre pintura abstracta toca a su fin aquí. Hemos echado un vistazo a algo tan profundo como fue y sigue siendo el cubismo, casi una idea atormentada, o un deseo que nunca parece realizarse al cien por cien. La búsqueda de esa estructura que transmita todo lo que nos pasa por la cabeza al observar la realidad.

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¡Ah! Y si quieres seguir explorando los recovecos del arte abstracto, encontrarás la tercera parte aquí. :)

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